domingo, 13 de abril de 2014

Que Dios me libre de los no diagnosticados


El título de este artículo es un eufemismo al cuadrado; como lo es la frase anterior. Dejémoslo entonces en que es un doble eufemismo. Por una parte, porque no creo en la existencia de ningún dios, y mucho menos en que entre sus misiones se encontrara la de librarme a mí de algo; y en segundo lugar, porque no siempre son los no diagnosticados los que más me asustan. Pero resulta que en esto de las patologías referidas a la mente de las personas, asunto que me apasiona, suelo encontrarme cómodo de una forma directamente proporcional al conocimiento que sobre su diagnóstico tenga cada cual. Así, por ejemplo, puedo convivir y hasta divertirme al lado de un maniaco, de un obsesivo, de un neurótico o de un fóbico; incluso llego a comprender al esquizofrénico, al autista o al deprimido. A su lado se despierta mi parte de ayudador y si conseguimos entendernos, si alcanzamos a comprender el fondo de nuestras maneras de decir, hasta me resulta entretenida e interesante la relación o la eventual conversación. Lo que me ataca, lo que me hunde, lo que acaba con mi paciencia y me anula, me desgasta y me enferma, es la actitud neurótica, obsesiva, maniática, iracunda, histérica o deprimida de los no diagnosticados, que para mí son todos los efectivamente no diagnosticados y todos los otros que, a pesar de un diagnóstico, son absolutamente ignorantes respecto a la patología que padecen. Estos me enferman a mí también. Voy perdiendo fuelle poco a poco; me entristecen despacito; y finalmente me causan un aburrimiento insoportable. Y es que no hay nada más desgastador que tratar de hacerse comprender por quien nada sabe de sí mismo. 
Estos humanos, al igual que ocurre con los que mienten, no alcanzan la categoría de personas y por tanto ni me interesan ni estoy en disposición de otorgarles beneplácito alguno; si viviera siete vidas, me lo pensaría. Pero mi vida, como la de cualquiera, es muy corta; para mí no suficiente para alcanzar todos los objetivos que como persona me he propuesto. Por lo tanto, y en busca siempre de la eficacia como máxima que valida cualquier actitud o posicionamiento, no estoy dispuesto a perder el tiempo con quien o al lado de quien nada tiene que perder porque nada pone en juego de manera consciente. Y es que desde hace mucho tiempo todo, absolutamente todo lo que ocurre en mi vida, es vivido de forma consciente; soy conscientemente actor o receptor de las acciones propias o ajenas respectivamente; como lo soy de las consecuencias de ambas. Y es que si de algo me he ocupado es de la conciencia (propiedad del humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta; conocimiento reflexivo de las cosas). Sí, resulta que es a esto a lo que he dedicado más tiempo y en vista del resultado quiero seguir dedicándoselo; por eso a veces le pido a Dios que me libre de los no diagnosticados. Aunque reconozco que los hay de dos tipos y que unos me molestan más que otros. Están los no diagnosticados propiamente, que pobrecitos ellos pueden estar libres de culpa, bien porque el diagnóstico de haberlo fuera devastador para sus mentes, bien porque mermada alguna facultad no es posible que se den cuenta de lo que hay y por tanto sean incapaces de responsabilizarse de sí mismos. A estos sí los soporto, aunque me incomoda bastante la compasión que consiguen despertar. También, y por las mismas razones, acepto con buen talante a los diagnosticados que sufren cualquiera de las dos premisas anteriores. Para ser exactos, tendría que decir que puedo comprender y soportar a estas personas durante el tiempo en el que se produce la crisis o el estado o el medio que provocan la manifestación de su discapacidad. Pero resulta que fuera de este tiempo empiezan a cargarme. Y es que estoy con Frankl, fundador de la Logoterapia, en que detrás del paciente siempre hay un ser humano y algunas veces una persona, “si no, qué sentido tendría la Psiquiatría” (El hombre en busca de sentido, Viktor Emil Frankl, 1961; considerado por la Library off Congress en Washington como uno de los diez libros de mayor influencia en Estados Unidos). Pues eso, que el padecimiento no libra de toda responsabilidad a quien lo padece. Y es aquí cuando me vuelvo intolerante con la gente que, con o sin diagnóstico, no hace el menor esfuerzo para que algo cambie y se exculpan continuamente con vacuidades del tipo “es que yo siempre he sido así”; “es que yo esto no lo soporto”; “pues claro que tengo que lavarme 17 veces seguidas las manos, o es que quieres que vaya por ahí con ellas sucias”; o cuando son ellos los que caminan por la acera a cuatro patas y de vez en cuando ladran: “¿Por qué tengo que cambiar yo?, cambia tú”. 
Y la definitiva, la que me resulta demoledora, viene cuando, llenos de razón y hasta de un cierto tipo de orgullo, te espetan: “¿Sabes lo que te digo?, que el que no quiera que no me aguante”. Pues eso, no los aguanto.

Y es que todos tenemos la responsabilidad de hacer todo lo posible por mejorar, por aprender a aprender, por facilitarnos la vida a nosotros y a quienes nos quieren o simplemente nos rodean. Todos tenemos la responsabilidad de utilizar el cerebro que genéticamente nos ha tocado para reflexionar, para reconocernos y conocernos, para instaurar acciones encaminadas al acierto, a la gestión de las emociones, a la superación de complejos o de traumas; todos tenemos la responsabilidad de avanzar, con mayor o menor esfuerzo, por el camino que nos lleva a disfrutar de la capacidad de elegir, que es el mismo que nos conduce a la auténtica libertad, aun cuando esta sea tan escasa que solo nos ofrezca dos opciones. Porque la mayoría de las veces son suficientes, de ahí que desde la Filosofía el hombre es un ser libre. Las dicotomías pacífico/violento, afable/agresivo, confiado/celoso, tolerante/rígido, sereno/iracundo, maligno/benigno, prudente/insensato, envidioso/generoso, mentiroso/veraz, sincero/hipócrita, y algunas más de este tipo nos colocan ante un grado de libertad aparentemente pequeño porque en cada caso solo podemos elegir entre dos opciones, pero resulta que la diferencia en el resultado de la elección es tan grande, que podemos comprobar cómo el grado de libertad que parece pequeño se hace inmenso. Y todos elegimos, o mejor, todos podemos elegir. Claro que hay trastornos que incapacitan a la persona hasta tal punto que esta “desaparece” y con ella su cualidad de ser libre (entrecomillo “desaparece” porque participo de las teorías de la psiquiatría que postulan que la enfermedad siempre es del cuerpo (soma) y nunca de la persona; por lo tanto esta nunca desaparece o no desaparece del todo). No hablo de esos casos; hablo de la gente de a pie. De esos que han sido capaces de obtener el permiso de conducir, de encontrar y realizar un trabajo que les permite vivir dignamente (y a veces hasta muy bien); de los que han formado una familia, sí, de los que se han casado y hasta tienen hijos; de los que han obtenido una titulación media o superior; incluso de los que ostentan cargos (no siempre bien llamados) de responsabilidad. Todos esos con los que me topo a diario y que, diagnosticados o no, hacen lo que pueden menos lo que tendrían que hacer: elegir qué persona quieren ser. 

Y es que no todos los psicópatas son asesinos en serie ni todos los celosos le abren la cabeza a martillazos a su pareja. Por eso, detrás del trastorno, detrás del conflicto y hasta de la dificultad, decimos que hay siempre un ser humano; pero esto es una perogrullada o como mínimo una obviedad. Lo que importa es el grado de libertad del que disfruta ese humano para elegir, y no alcanzará nunca la libertad suficiente sin antes o a la par de convertirse en persona. Y de esto le hago responsable, aun cuando conozca y comprenda de sus lastres más íntimos; aun cuando conozca y comprenda los condicionantes que su estado psicofísico suponen en su contra; aun cuando reconozca la dificultad en el esfuerzo que han de realizar en comparación con quien no sufre ningún trastorno.

Participo de la tesis de que todo ser humano es una novedad; también reconozco la distinción entre lo corporal, lo psíquico y lo espiritual, pero no debemos entenderlo como partes que componen al ser humano, ya que este, desde la existencia espiritual, no es un ser "aditivo", sino integral. En palabras del teólogo judío Leo Baeck podemos resumir que "nada de lo que existe adquiere la existencia en virtud de una composición". La existencia es personal, y la persona existencial en esencia supone una unidad y una totalidad, por lo que no es divisible ni sumable. Y no lo es porque su unidad no le permite la divisibilidad y su totalidad tampoco le permite la sumabilidad. Esto explica que cada ser humano sea una "absoluta novedad" y también que sea un in-dividuo absoluto y un in-sumable absoluto.

Y esto es así incluso en los casos de esquizofrenia, donde se habla de "escisión de la personalidad", lo que induce a error al entenderse como una "escisión de la persona" y por tanto una "divisibilidad", que en realidad no se produce; el error viene de la traducción literal de la palabra "esquizofrenia" por "demencia de escisión", pero los estudios realizados demuestran que la persona esquizofrénica sufre precisamente por su intento permanente por mantener su unidad.

Por esto no perdono. No puedo perdonar a quien se escuda en sus dificultades o en sus condicionantes para no ser todo lo buena persona que podría llegar a ser. Pero como no es mi misión juzgar, y por tanto tampoco lo es culpar o perdonar, digo simplemente que no los aguanto.

lunes, 10 de marzo de 2014

La buena soledad






















Robin Williams





Este actor, Robin Williams, siempre ha estado entre mis preferidos. Me viene ahora a la memoria la genial película de Romanek Retratos de una obsesión, donde está magistral. Siempre me ha llamado la atención cómo cuida la manera de caminar y de moverse, adecuándola al personaje que interpreta. Y es que la psique de una persona, la parte más profunda, modula no solo el lenguaje (por eso existe el psicoanálisis), sino también los gestos y las maneras en las que se mueve cada uno. Esto se relaciona con el Principio de la experiencia postulado por la Psicología de la Gestalt a partir de otro principio biológico, donde se establece que hasta el sistema nervioso, desde el punto de vista filogenético, se ha formado condicionado por el mundo exterior; pero si tomamos un individuo concreto en un tiempo concreto (el actual, por ejemplo), lo sorprendente es que será su mundo interior el que condicione y module los movimientos que le son propios o más característicos.

Robert Williams lo sabe y trabaja los personajes en este sentido. Por eso, siempre que tengo oportunidad leo las entrevistas que concede; es ese tipo de personas que apetece escuchar, a las que yo describo con la frase: "es que no dice ninguna tontería".

Pues bien, en una de esas entrevistas, Williams afirma: "Solía pensar que la peor cosa en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor de la vida es terminar junto a alguien que te hace sentir solo". Y claro, no me queda otro remedio que identificarme con él cuando le escucho decir estas cosas. Y es que a lo largo de la vida siempre he tenido en cuenta este principio, no tanto pensando en el final (trato de no anticipar nada), sino preguntándome en el instante más presente ¿cómo me siento?, y si la respuesta es: solo, entonces no me cabe la menor duda de que no tiene sentido permanecer junto a la persona con la que comparto ese presente. Y este razonamiento ha sido tan poderoso en mí, que ha sido la razón por la que puse fin a varias relaciones personales, y también el que rige mi elección de amistades aunque no sean íntimas.

Para explicar esto con precisión es necesario concretar qué queremos decir cuando decimos solo. Porque no estaría bien que se entendiera que no me gusta la soledad o que no participo todo lo que puedo de ella. Por el contrario, no solo me apetece sino que me realizo plenamente en soledad. Pero si comparto la vida, o un momento cualquiera de mi vida, con alguien, es a condición de que su presencia a mi lado me resulte enriquecedora. Cuando no es así, me siento solo, pero mucho peor que en soledad. Y es que la soledad que se siente al lado de alguien nunca es una soledad plena, es más bien un estado perturbador que se parece más al aburrimiento que a la soledad; es, en tal caso, una soledad pobre, que resta, que embota los sentidos y anula todo pensamiento positivo. Una soledad que va empobreciendo el espíritu como una muerte lenta, hasta que finalmente te mata. Y es cuando, al reconocerme muerto, decido sin dudas acabar la relación con esa persona. Así lo hice en más de una ocasión (tampoco en tantas, no se vayan a creer). Y es que soy de los que ha tenido la fortuna de darse cuenta pronto de que la vida no es infinita, porque aunque en realidad dura para siempre, también siempre termina; y la verdad es que es tan corta, que no está para perder ni uno solo de sus momentos. Aprendí pronto, o es que he tenido cierta facilidad, a vivir con intensidad la existencia propia; me encontré entonces con la esencia del tiempo y de lo que ocurre en ese tiempo; y a partir de ahí comenzó mi crecimiento personal, que no he estado ni estoy dispuesto a detener por nada ni por nadie.

Las personas que me hacen sentirme solo, o bien son personas tóxicas, o bien son vampiros psicológicos; ambos tipos, cada uno a su manera, manipulan y consumen la energía vital de quien les acompaña. También hay personas de otra clase, que sin ser propiamente tóxicas o propiamente vampíricas, resultan tan pobres espiritual e intelectualmente que aunque parezcan no hacer daño sí lo hacen, y de una manera tan soterrada y silenciosa que son de lo más peligroso (a las otras se las ve venir); yo las llamo “personas fantasma”, y es que aunque las tengas delante puedes ver lo que queda tras ellas de lo vacías y viciadas que están; detienen el avance personal, sea este del tipo que sea; su conversación como su persona es hueca y resulta cansina, vamos, que sus palabras siempre me saben a poco. Son peligrosas porque lo único que provocan en los demás es perder el tiempo. Y aunque yo no crea que el tiempo se pueda perder, sí creo que hay que atender con esmero en qué se ocupa o a qué se dedica, porque como decía, es limitado y hay una gran diferencia en gastarlo de una u otra manera.

Y luego está la auténtica soledad. Ese estado en el que se consolida la autodependencia, imprescindible para que el ser humano se convierta en persona. Porque, en contra de la opinión general, no todo ser humano es propiamente persona. Todos nacemos seres humanos, y como pertenecientes a una misma especie, con infinidad de similitudes; en ese momento además ya traemos con nosotros un código cargado de información relevante, tanto, que de ese código genético dependerá nuestro temperamento, nuestra forma y la forma de cada una de las células de los tejidos biológicos que nos conforman; y así, seremos altos o bajos, rubios o morenos y hasta inquietos o tranquilos, curiosos o descuidados; amaremos o rechazaremos el deporte (ya se ha identificado el gen que está unido a los deportes de riesgo, por ejemplo). Y seremos creativos, ayudadores, generosos, altruistas o lo contrario dependiendo, parece ser que exclusivamente, de nuestro código congénito. A una edad temprana (incluso antes de los tres años), el ser humano comienza su individualización; los estímulos que recibe del medio que le rodea le proporcionan las primeras experiencias, y la manera en que responde a esos estímulos es lo que configura al individuo que va a ser. Yo conozco a muchos seres humanos; también a muchos individuos; pero no sería cierto si dijera que conozco a muchas personas. Y es que la individualidad, lo que nos hace diferentes y únicos, no es lo mismo que la persona. Para ser persona, el individuo ha de estar dispuesto a pasar por un proceso largo y doloroso (El proceso de convertirse en persona, Carl Rogers, 1961). 
En una sociedad ideal, más humanista, quizá este proceso no sería necesariamente tan doloroso. Pero tal y como están las cosas, este proceso implica muchas renuncias, ciertas adquisiciones y mucho trabajo. Y es que, aunque es imposible ser independiente (el ser humano, como todo organismo vivo, necesita que se den condiciones medioambientales concretas y el fácil acceso a determinados elementos; y estas necesidades son irrenunciables para la vida, hasta el punto de que la vida "depende" de que esas necesidades se satisfagan o no, por lo que ningún organismo vivo es independiente), sí podemos ser autodependientes. Es decir: soy y me sé dependiente, pero a cargo de esa dependencia estoy yo. Y claro, esto no solo no se consigue de la noche a la mañana (proceso largo y trabajoso), ni sin las ayudas que aportan la información, el conocimiento y la cultura (adquisiciones), sino que además el medio en el que nos desarrollamos es en la mayoría de las ocasiones hostil al proceso mismo (lo que conlleva renuncias y dolor). Acaso por todo esto es por lo que me he encontrado con tan pocas personas a lo largo de la vida.

Y es que quienes somos personas no solemos ser bien queridos de forma generalizada; por supuesto que somos queridos, y muy bien queridos, pero solo por algunas personas. El resto de individuos no nos soportan, y es que cuando el ser humano se convierte en persona deja de ser manipulable, y esto jode mucho. También ocurre que ciertos individuos se atreven a asegurar que se llevan bien contigo, y que hasta te quieren, porque creen que piensan de algunas cosas lo mismo que tú; son los que te dan la razón casi continuamente (con la coletilla: “pienso exactamente lo mismo”). Y si hay algo que aborrezco en las relaciones interpersonales es que me den la razón por razones diferentes a las mías.


Así que, en el camino de la vida, he dedicado tiempo a encontrarme bien en soledad; por algo así como para impedir el desgaste que supone enfrentarse continuamente a los intentos de manipulación de los demás. Cuando se afianzan en uno las condiciones que le hacen persona, ya puede salir al mundo sin angustia, sin ansiedad, sin violencia, sin prisa, porque no existen competitividad, hipocresía, ignorancia, envidia, manipulación ni dependencia emocional alguna. Y cuando se sale así, convertido en persona (en la mejor persona posible), apetece volver de cuando en cuando a la buena soledad que tanto nos ha dado y sigue dándonos. Y, por supuesto, apetece también la compañía de las buenas personas, las que nunca te hacen sentir solo, sino que afianzan y comparten de la misma o muy parecida manera que tú las sensaciones y emociones del momento. 

martes, 4 de febrero de 2014

Adios, Shiva




Ayer, 3 de febrero de 2014, Shiva finalizó su camino por este mundo. Se fue tan suavemente como llegó a nuestras vidas hace ocho años. La adoptamos en ANAA un día soleado de invierno; la descubrimos junto a otros galgos que también esperaban encontrar unos dueños que les facilitaran la vida. Ella era la más alta, la más delgada, la más triste..., por eso la elegimos. Nos advirtieron que estaba muy débil, que probablemente no sobreviviría; comía mal y su estado de salud no era bueno; su sistema inmunológico presentaba indicios leves de lheismaniosis, que junto a la deshidratación y la anemia desaconsejaban practicarle la histerectomía, obligatoria en todas las perras que se dan en adopción. Aquello fue por tanto un rescate más que otra cosa, y nos la llevamos a casa dispuestos a que los días junto a nosotros le fueran favorables. No sabía subir las escaleras (probablemente nunca antes había tenido que hacerlo), ni sabía sentarse, ni podía creerse que no tenía que pelear por la comida; todo aquel cuenco que nunca se vaciaba del todo era solo para ella. Y es que Berta, la labradora que habría de convertirse en su hermana de vida, respetó desde el principio su comida, y fue su cariño y su protección lo que la ayudó a salvarse. No había pasado un mes, y Shiva ya estaba fuerte y en sus pupilas comenzaron a brillar las ganas de vivir. Poco a poco fue adaptándose a su nueva vida junto a nosotros y se convirtió en el miembro más dulce y mimoso de la familia. En las siguientes analíticas había desaparecido la Lheismania y a partir de entonces nunca tuvimos que acudir con ella al veterinario más que para sus ciclos de vacunas. Vivió fuerte y alegre, disfrutando de todo, junto a Berta, que se convirtió en su inseparable compañera de andanzas. Conoció el mar y las playas, por las que tanto le gustaba correr, y nos acompañó a todas partes y fue querida por todos los que la conocieron. Su dulzura, su elegancia y su paz permanentes, conquistaban al mundo.

Hace un mes sufrió una primera convulsión que se presentó de forma súbita, haciendo pensar que se trató de un ictus, del que se recuperó de manera sorprendente y continuó haciendo su vida sin secuela alguna. La convulsión volvió a repetirse y se le administró un tratamiento antiinflamatorio y anticonvulsivo, después de un chequeo general donde se reveló su formidable estado de salud, por lo que cabía sospechar que estábamos ante un tumor cerebral, lo que el tiempo aclararía. Y un mes después del primer episodio, comenzó a sufrir síntomas de desorientación y falta de equilibrio, pero continuaba alegre y mimosa como siempre. Hace tres días, empeoró de repente. No quería tumbarse y se pasaba las noches caminando por la casa; dejó de comer y de beber; a pesar del agotamiento, no se tumbaba, y se dormía de pié durante unos segundos, para despertarse asustada y temerosa. No se dejaba tocar, y aunque conseguimos echarla sobre la cama, no apoyaba la cabeza. El cansancio, el dolor, el miedo y la angustia la derrotaron enseguida.
Por la manera en que llegó a nuestras vidas desconocíamos su edad, pero sí se podía calcular que tenía más de 15 años, por lo que su actual estado y su sufrimiento no tenían sentido alguno. Shiva, como cualquier otro ser vivo que dependa de los humanos, no se merecía morir tras una agonía dolorosa por el avance de un tumor cerebral.

Ayer por la tarde se le practicó la eutanasia activa. Tuvo, como se merecía, una buena muerte.

Ahora queda su ausencia y los recuerdos. Berta, como nosotros, la echará de menos; la buscará en el parque y esperará a que llegue cuando anochezca; pero su carácter alegre, amable y positivo, le ayudará a aceptar lo que ya comprende.

Buen viaje por el universo, mi diosa.




































lunes, 20 de enero de 2014

El inconsciente colectivo


Publicados el 15 de enero en CULTURIZANDO, os traigo aquí las imágenes de algunos logotipos que, acaso de forma intencionada, a todos nos pudieran parecer en cierto sentido impropios. Y si es así, es por razones relacionadas con el concepto de inconsciente colectivo. Un término acuñado por el psiquiatra Jung y sobre el que han escrito tanto psicólogos como lingüistas. 

Pero antes de hablar del inconsciente colectivo, es necesario distinguir entre signo y símbolo. En el lenguaje humano, entendemos por signo aquella palabra o imagen que representa lo obvio; así, la palabra “árbol” o la imagen (dibujo, pintura, fotografía, etc.) de un árbol, representa exactamente eso: árbol. Por su parte, hablamos de símbolo cuando la palabra (y el concepto que nombra) o la imagen de algo, va más allá de lo obvio, es decir, representa algo más que su significado inmediato. Y aunque a primera vista pueda parecer que comprendemos esto con precisión, hay un aspecto incomprensible, el referido precisamente al aspecto inconsciente del símbolo, que nunca podrá estar definido con exactitud ni debemos esperar que lo esté; de hacerlo, no estaríamos hablando del inconsciente. Y en este sentido, también Jung explicó los arquetipos, refiriéndose a los conceptos ancestrales que, como si de un poso se tratara, forman parte de la psique humana; precisamente de la parte inconsciente de la psique. Y es que los arquetipos no son otra cosa que representaciones simbólicas. Por tanto, los arquetipos representan y suponen lo indeterminable, pero son representaciones de un modelo universal, de tal manera que en todos los hombres, independientemente de la cultura o de la época a la que pertenezcan, se evidencian como algo innato, hereditario, instintivo. Por lo tanto, nadie puede librarse de la tendencia a las representaciones arquetípicas, como el lobo no puede hacerlo de cazar en manada o las aves de migrar en un determinado momento hacia un determinado lugar.

Pero si nos apartamos un poco del aspecto puramente psicológico y hablamos desde la consciencia; si atendemos al aspecto psicológico pero referido al lenguaje humano, sí podemos determinar algunos parámetros respecto al trasvase del inconsciente al consciente. Y es aquí o desde este punto de vista, cuando se nos manifiestan con mayor claridad los arquetipos, cuando el símbolo adquiere un sentido que se deja determinar y por tanto es objeto de estudio. En este sentido, sí que interviene la cultura a la que se pertenezca, la educación y la época que le haya tocado vivir a un hombre concreto.


Es por esto que, casi con total seguridad, todos llegamos a comprender el porqué del inconveniente de estos logotipos, y así, todos los hombres que pertenecen a nuestra cultura y en este preciso momento, son capaces de interpretar de la misma manera el aspecto simbólico de estas imágenes.





Comisión Juvenil de la
Archidiócesis de la Iglesia Católica











sábado, 18 de enero de 2014

Foto 16 para "La historia que no se ve"

Por fin Alfaro se ha decidido y me ha enviado otra foto nueva; en esta ocasión he sido yo el culpable de tanto retraso. Me propuso otras, pero yo quería colocar en esta página una en color y que fuera muy distinta a las dos anteriores; que no fuera un paisaje de naturaleza, que fuera otra cosa. Y, como siempre, me ha entendido.

Y he recibido esta fotografía de una fábrica de fundición de Avilés, que me parece muy buena y justo lo que quería, aunque no supiera exactamente lo que quería.
    Como con las anteriores, me he quedado un rato en silencio, observándola; el trabajo de Alfaro como fotógrafo me gusta mucho y de nuevo es de su calidad de lo primero que me percato. Luego procuro dejar la mente en blanco, algo parecido a lo que hago cuando medito, pero en estos casos sin hacer desaparecer la imagen que observo. Y escucho. Y huelo. Imagino.

Ahora se trata de guardar muy adentro las sensaciones que he sentido. Unos días después, vuelvo a abrir el archivo y aparece ahí, igual de imponente que la recordaba, y vuelven los mismos ruidos, los mismos olores. Y escribo. Escribo la historia que no se ve en esta fotografía que muestra la arquitectura metálica de un conjunto de estructuras que se perciben reunidas por un motivo o para un fin. Que huele a grasa y a minerales. Es una fábrica; son cientos de obreros. Es mucho tiempo, mucho trabajo, que imagino duro y agradecido porque llena las mesas y alegra las caras de los chiquillos que a ellas se sientan; porque permite ahorros y sueños. Caminos posibles para millares de familias durante décadas.

Esta es la foto. Alfaro la ha titulado "La fábrica".    

Cuando escriba la historia, la subiré a lahistoriaquenoseve.blogspot.com


martes, 3 de diciembre de 2013

El caso Asunta

El 22 de septiembre de este año aparece en una pista forestal cercana a la ciudad de Santiago de Compostela el cadáver de la niña de 12 años Asunta Basterra Porto. La niña, de origen asiático, fue adoptada por sus padres cuando contaba pocos meses de vida. Desde entonces, al menos en una ocasión, los medios de comunicación atienden el caso de la adopción presentando a una familia feliz por el acontecimiento. Se sabe también que los padres pertenecen a un estatus social destacado en la ciudad de Santiago. La madre es abogada y embajadora honoraria de Francia en Galicia; el padre, periodista. Ambos tienen por tanto la oportunidad de formar parte de la élite social de su ciudad, donde acuden a actos y eventos que, por decirlo de alguna manera, no son de entrada libre para toda la ciudadanía. Además, la familia materna goza de popularidad y poder social, lo que hereda la hija, junto a una posición económica más que favorable.

Fotograma de la entrevista emitida por televisión hace algunos
años, en la que se muestra la "normalidad de la familia feliz".
Hasta aquí, todo dentro de la normalidad. Y es precisamente de este concepto generalizado de “normalidad” sobre lo que me interesa hablar; también, sobre el poder de la dependencia psicológica. Por supuesto, nada de lo que aquí diga va más allá de la mera reflexión personal sobre el caso Asunta. Y si me expongo a decir algo, es porque siempre he considerado que nada de lo que le ocurra a otro hombre me es ajeno, ya que ambos somos especímenes de la misma especie (los personajes de este caso no son tigres ni jirafas, son humanos). Y también, porque siempre me ha interesado ahondar en la parte más oscura de la condición humana.

En este momento, tanto Rosario Porto, la madre de Asunta, como el padre, Alfonso Basterra, se encuentran en prisión imputados por el asesinato de su hija. Muchas cosas llaman la atención en este caso, pero son la complicidad de ambos padres en el parricidio premeditado y la chapucera ejecución del crimen las que a mí me interesan.

Comenzando por la segunda, para mí está claro que estas personas cometen innumerables equivocaciones teniendo en cuenta que, al parecer, llevan tiempo planeando el asesinato de su hija. Estas equivocaciones pueden parecernos sorprendentes en un primer momento; y nos lo parecen porque presuponemos que estos padres son personas inteligentes, al quedar demostradas sus habilidades sociales, al conocer la respetabilidad de sus profesiones y al saber de su situación económica boyante. Y si nos sorprende es porque solemos hacer corresponder a estas características sociales otras personales, como son inteligencia, buena socialización, buena moral y hasta un determinado nivel ético, olvidándonos de lo que está siempre detrás de toda persona: la condición humana. Y si lo olvidamos es porque la sociedad a la que pertenecemos nos ha hecho creer que “lo normal” es que a este tipo de personas en particular, y en general al estatus social al que pertenecen, les corresponde la posesión y el ejercicio de ciertas virtudes. A la vista está, no solo por este caso, sino por tantos que se están dando ahora en nuestro país, que este concepto de normalidad esconde una gran mentira. Y es precisamente esa mentira la que hace que estas personas y este estatus gocen de prebendas que les otorga la mayoría social, y por extensión, hasta la propia Ley.

Alfonso Basterrra y Rosario Porto, ya detenidos e imputados,
a la salida del registro del domicilio. ¿Parecen estos unos padres
"normales"veinticuatro horas después de la incineración del cadáver de
su hija de 12 años encontrada muerta? 
Pero, mira por donde, esta mentira, cuando se producen acciones delictivas, termina por volverse en su contra. Y es que estas personas, este estatus social del que hablamos, se siente siempre, siempre (la excepción cumple la regla), por encima del resto de los mortales. Si la mentira se vuelve en su contra es porque en este país, además de demasiados delincuentes, también gozamos de un Estado de derecho y, por el momento, de la independencia, al menos teórica, de la Justicia.

Así se explica, por ejemplo, que al Sr. Urdangarín, yerno del Rey, se le haya cogido prácticamente con las manos en la masa; y que a pesar de la inteligencia que se le presupone, no hubiera realizado el menor esfuerzo por ocultar pruebas de los delitos que se le imputan. Y es que ¿para qué voy a deshacerme del arma si a mí nadie se va a atrever a registrarme?

Lo mismo, salvando las distancias, le ha ocurrido al matrimonio Basterra/Porto. Ellos nunca pudieron pensar que serían los primeros sospechosos del asesinato de su hija. ¿Cómo iba nadie en Santiago, si todos los adoraban, a pensar tal cosa? Y en este caso es precisamente ella, Rosario Porto, la dueña de un estatus del que él, Alfonso Basterra, solo goza por delegación. Y aquí está otra de las claves del caso. Alfonso pierde, con el divorcio, a su mujer, y con ella el poder económico y social del que gozaba. Las cosas ya no le van igual de bien, en realidad le van bastante mal; ha sido despedido del grupo, apartado. Sin ella y sin lo que ella representa, no es nadie.

Si a esto unimos que, al parecer, en esta pareja se había establecido una relación de dominancia en la que él era el sumiso; incluso el presunto maltratado psicológicamente; y de seguro el dependiente económica y socialmente, podemos concluir que con el divorcio, solicitado por ella, él queda desamparado.

Para Alfonso, esta situación de desamparo se hace insoportable. Necesita a cualquier precio recuperar a su mujer y con ella recuperar todo lo perdido. Lo intenta en varias ocasiones, que no le dan el resultado deseado. Y llega el gran día: el día en el que ella le propone algo que la dejará para siempre unida a él, y además con una fuerza muy superior a la que le hubiera proporcionado cualquier contrato. Le propone que, juntos, comentan un crimen.

Por supuesto, ninguno de los dos poseen las “virtudes” que se les suponían; ninguno de los dos gozan de una aceptable salud mental, moral o ética. Pero es que además, muy probablemente, ella es una psicópata. Los psicópatas no empatizan (no pueden) ni sienten remordimiento (tampoco pueden), por eso interactúan con las demás personas como si fuesen un objeto cualquiera; las utilizan para conseguir sus objetivos, que no son otros que la satisfacción de sus propios intereses. La falta de remordimientos radica en la cosificación que hace el psicópata del otro; o lo que es lo mismo, le quita al otro los atributos de persona para  pasar a valorarlo como cosa (la cosificación es uno de los pilares de la estructura psicopática). 

Declaraciones de la madre a su psiquiatra 2 años antes del crimen.
Los psicópatas crean sus propios códigos de comportamiento, por lo que solo sienten culpa si infringen sus propias reglas. Sin embargo, estas personas sí tienen conocimientos de las normas sociales, por lo que son capaces de adaptar su comportamiento y pasar inadvertidos para la mayoría de las personas. Además, los psicópatas tienen un marcado egocentrismo, lo que implica que el psicópata trabaja siempre para sí mismo, por lo que cuando parece que está dando, en realidad está manipulando o esperando recuperar la inversión. También tienden a la sobrevaloración de su persona, lo que los lleva a una hipervaloración de su capacidad de conseguir ciertas cosas; poseen una desmedida empatía utilitaria, que consiste en una habilidad para captar la necesidad del otro y utilizar esta información para su propio beneficio, lo que supone una mirada en el interior de los demás para conocer sus debilidades y actuar en consecuencia para conseguir la manipulación del otro.

Rosario Porto durante el registro de la casa donde según la investigación se perpetró el crimen.
Conversa relajada y sonriente con los policías
¿Es esta la actitud que se espera de una madre 48 horas después de que se haya encontrado el cadáver de su hija de 12 años?
Aquí es posible que se esté dando el mismo caso que con  Richard Eugene y Perry Edward, asesinos de toda una familia en Kansas en 1959, y del que se ocupa Truman Capote en la novela “A sangre fría”. En aquél caso se llegó a algunas conclusiones: uno de los asesinos era el dominante, con el que el sumiso estableció una relación de dependencia; y lo que es más interesante, cualquiera de los dos no hubiera sido capaz de cometer el crimen por separado; solo juntos alcanzaban los niveles de violencia y crueldad necesarios.

En el caso Asunta, está claro, por las manifestaciones de vecinos y conocidos, que la madre es una mujer prepotente, “estirada” y que “machacaba” a su marido, al que echó de la casa, al menos de palabra, en varias ocasiones. También se sabe que era él el que se ocupaba de todo (hacer la compra, cocinar, atender a la niña, llevarla y recogerla, etc.). Por su parte, Rosario quiere cambiar de vida y la niña “le molesta” a la hora de realizar esos cambios. Con anterioridad, a Rosario también le molestaron sus padres, que se oponían al divorcio que ella ya había querido solicitar en 2009 (¿Se ocupó de quitar de enmedio también a sus padres? Parece ser que no). Ambos, Alfonso y Rosario, están en tratamiento psiquiátrico, aunque se desconocen los diagnósticos. Pero, ¿alguien que no sea un psicópata puede tomar como solución para la libertad propia el asesinato de su hija? ¿Alguien que no sea un psicópata puede asesinar a su hija porque esta comienza a reprocharle sus actuaciones? Asunta, una adolescente a punto de convertirse en una “señorita” brillante, ¿podría ser vista por su madre como una competencia insoportable?

En cuanto a Alfonso, el padre de Asunta, ¿es también un psicópata o es suficiente con que, psicológicamente dependiente de Rosario, acceda a asesinar a su hija porque de esa manera vuelve a conseguir la vida que había tenido y cuya pérdida resulta para él insoportable?

Yo creo que sí. Una dependencia psicológica puede llegar a ser razón suficiente para cualquier cosa, igual que ocurre con las drogodependencias. Y que un psicópata pase desapercibido, incluso en su entorno más íntimo, estamos hartos de comprobarlo.

Informes forenses certifican que la niña fue drogada en varias ocasiones en los últimos meses; también, que la sustancia utilizada fue lorazepán. Los periodistas, no sé si también los investigadores, han jugado con la posibilidad de que se tratara de ensayos para el crimen. Yo no lo creo. Creo que fue la madre la que comenzó, un día de esos que no aguanta la presencia de su hija, a suministrarle tranquilizantes, los que ella misma tomaba. Comprobó más tarde que, con una dosis mayor, la niña se dormía; es decir, no la molestaba. Y es que sedar a una persona es lo más parecido a hacerla desaparecer. Por lo tanto, las ocasiones en las que se suministró drogas a Asunta, más que ensayos del crimen, son fases del proceso del psicópata, que confirma cómo sin la “presencia” de la niña se siente mejor, más libre para hacer lo que sea en beneficio de sus intereses. De esta manera, se afianza en la madre la “cosificación” de Asunta: dormida es por fin una “cosa” que no me molesta. Posteriormente, también pudo ser el padre el que en ocasiones suministrara las drogas, simplemente para complacer a la madre. Llevándola drogada a casa de la madre, era portador de algo que no molestaría a Rosario; era el portador de “un problema resuelto”. Estas ocasiones suponen para ambos una familiarización con el procedimiento que, llegado el momento, escogen como el adecuado para hacer desaparecer definitivamente a la niña. Que la madre terminara por apretar una mascarilla o un pañuelo sobre la boca y nariz de la niña (murió por sofocación), no es más que un asunto de tiempos. De haber esperado, la niña hubiera muerto por sobredosis de lorazepán. No hay que olvidar que se trata de un modo de envenenamiento, según las estadísticas el elegido por la mujeres a la hora de cometer un crimen. Una vez más, Alfonso hace las cosas “a la manera” de Rosario, buscando su aprobación.

La investigación sigue abierta; se conocerán nuevas informaciones; finalmente hablará la Justicia, pero por lo que podemos saber hasta ahora, para mí hay “mentira social” suficiente, psicopatía materna, móvil del crimen y total dependencia por parte del padre, que ve en el crimen conjunto la solución “absoluta” para recuperar lo perdido y, lo que es más importante, para no volver a perderlo jamás.

De lo que deduzco, otra vez, la enorme importancia que tiene en la vida la autosuficiencia y lo peligroso que es mantener relaciones tóxicas con personas tóxicas.

Pobre Asunta, dónde vino a caer.

sábado, 5 de octubre de 2013

La historia que no se ve: Página 15

                                         A las 24 horas de publicar en este blog la fotografía número 15 del libro La historia que no se ve, he publicado en lahistoriaquenoseve.blogspot.com la entrada con la historia correspondiente. No me gustaría que por eso se pensara que el relato lo he escrito en esas 24 horas; no ha sido así. La foto la recibí a primeros de septiembre, y desde entonces me habitan las impresiones que esa foto causó en mí (que son las que comparto en la descripción de la foto), de manera que, cuando me pongo a escribir la historia, surgen y configuran el relato.


En esta ocasión, además, lo que conté sobre la fotografía provocó en mí el recuerdo de una literatura muy concreta; estoy hablando de Juan Rulfo y su extraordinaria novela “Pedro Páramo”, en la que a Juan Preciado lo encuentran muerto en la calle; muere de espanto, ahogado por los murmullos, por las voces de los muertos y por el miedo. Por supuesto que ni mi prosa ni mi talento alcanza a rozar la una ni el otro del genial Rulfo. Pero confieso que rondaron mi mente cuando escribí esta historia: Escondido.

domingo, 29 de septiembre de 2013

La historia que no se ve: Árboles en la niebla

Creo que ya es hora de comenzar el curso; ha empezado a llover en Madrid, y huele a otoño; habrá que ponerse a hacer algo. 
Me ha dado por pensar esto precisamente ahora, cuando estoy preparando el equipaje para irme hacia el sur; sacando del armario las toallas de la playa y buscando en el cajón las gafas de sol. Y creo que ha sido por eso que no quiero llevar este trabajo sin hacer; allí, con el calor del desierto bajo los pies y la luz del mar resplandeciendo, no estaría en el entorno más adecuado para atender la última foto que me envía Alfaro para el libro La historia que no se ve. 
Así que, cambiando de registro, paso a compartir la foto y la descripción; como en otras ocasiones, esta es la conclusión de cuantas sensaciones ha provocado en mí la fotografía, y, sobre todo, es la esencia de cuanto pretendo trasmitir en el texto que escriba.

(No olvidéis pulsar sobre la foto y visitar La historia que no se ve)




La foto número 15 que me ha enviado Alfaro para el libro La historia que no se ve también es en blanco y negro y está llena de misterio. Un paraje en el monte, que se nos antoja perdido y alejado de todo, donde un grupo de árboles se convierte en el foco de atención; árboles viejos, maltratados, algunos secos o quemados, acaso partidos por mil rayos, porque lo primero que trasmite la imagen es una sensación de eternidad: esos árboles están ahí desde el principio de los tiempos. Y que aparezcan reunidos, separados de todo, les otorga un ánima, una intención oculta: ¿Qué hacen ahí? ¿De qué hablan entre ellos? ¿Qué ocultan? ¿Qué pretenden? 
En la imagen, los envuelve una niebla densa, que perfila y a la vez desvanece las siluetas, dando la sensación de que se nos han aparecido de repente, en medio de la nada, porque nada se ve tras ellos; y al aparecérsenos así, dan miedo, porque ellos están seguros, ellos saben algo... Guardan un secreto.

Con estas sensaciones que la fotografía provoca en mí, con estos elementos, trataré de configurar el enigma del cuento, y haré lo posible para que el texto guarde un parecido misterio. En consecuencia, el relato no podrá ser explícito, y el cuento oculto en el cuento, la base del misterio. 

Haré lo que pueda.  

sábado, 24 de agosto de 2013

De vuelta

Después de un tiempo desaparecido, ya estamos de vuelta. Como resumen os traigo algunas fotos donde se puede comprobar que me mantuve alejado del calor de este verano. Allí también estuve alejado de la Red, por lo que ahora trataré de ponerme al día respondiendo a todos los correos, mensajes y comentarios que habéis hecho durante este tiempo.
Pero no estoy muy seguro de querer volver a todo esto del blog, el facebook, la página... 
Que cerré esta ventana hace unos meses, es un hecho; lo que no sé si lo hice de forma voluntaria o a consecuencia de los problemas de conexión a Internet, o de otros asuntos más personales; el caso es que me está costando volver.
También es verdad que, de alguna manera, me siento comprometido con aquellos que me siguen, leen mis publicaciones y comentan; todos ellos me han hecho vivir momentos agradables; con algunos he alcanzado una relación especial, cercana a la amistad, hasta el punto de que tengo la sensación real de conocerlos. A todos les debo mi gratitud, así que vamos a intentar que por aquí vuelva a correr un poco de aire fresco. (No dejéis de pinchar sobre la foto).






viernes, 26 de abril de 2013

El Bierzo


Durante muchos años, no he podido vivir este tiempo de primavera en El Bierzo.
Ahora, que me lo he podido permitir, disfruto de esta tierra y de este paisaje primaveral; de los olores del campo; de los viajes por los pueblos, visitando restaurantes donde no sabría decir qué es lo que está más rico, si el cocido maragato, el pastel de repollo o los chupitos de aguardientes.
De lo que no cabe duda es que El Bierzo está precioso en este tiempo. Y que sus vinos siguen siendo deliciosos.











martes, 16 de abril de 2013

Improbable


Tras este tiempo de retiro, vuelve La historia que no se ve. Una nueva página con la última foto que me ha enviado Alfaro. Una fotografía en blanco y negro donde destacan la simetría del encuadre y el perfecto ángulo de 90º que forman la vertical que dibuja la caña de pescar y la línea del horizonte. La apariencia de la imagen, las masas horizontales y la línea vertical convierten esta fotografía en una imagen conceptual; por otra parte, la distribución de las masas horizontales y el corte vertical, tan centrado y perfecto, realzan hasta tal punto la geometría en esta composición, que bien pudiéramos hablar de estructuralismo geométrico. Y en consecuencia, estamos ante la mirada que convierte lo natural (cielo, mar, arena y caña) en objeto; en planos que se relacionan siguiendo las estrictas leyes de la geometría. 
    Por todo esto, estamos ante una fotografía que se aleja del naturalismo, donde la composición y el procesamiento de la imagen desnaturalizan lo natural para dejarnos ante la frialdad del concepto puro.
    Como contrapunto, he elegido para la página que  le corresponde unos versos que escribí hace años y que suponen la rotunda afirmación de lo improbable.

martes, 12 de marzo de 2013

De alma tan limpia

Hace tiempo que no vengo por aquí. Hace tiempo que permanezco quieto, por varias razones. Hoy, revisando fotos, me he encontrado con esta en la que aparecen Berta y Chica; una labradora y una ninfa; un perro y un pájaro, dormidos, y me he dado cuenta otra vez de que Berta es con toda seguridad el ser con la mente más limpia que conozco. Tanto es así, que su capacidad de empatía con los otros llega hasta el punto que, cuando quiere, es capaz de sentirse otra en lo más profundo de su conciencia; por eso, para que su nueva amiga duerma tranquila, intenta que el tamaño de su cuerpo, inmensamente más grande, se reduzca al máximo; y hasta trata de adoptar la misma postura, idéntico recogimiento, hasta que las respiraciones de las dos se acompasan; no sé si también sus sueños. Así es Berta, de alma tan limpia.