lunes, 15 de diciembre de 2014

"García " va a cumplir un año

El próximo 20 de enero, García cumplirá un año.
   Nunca consideré la opción de tener un perro pequeño; siempre me gustaron los perros grandes, además es con los que me acostumbré a convivir, y es que abrazar un cuerpazo de más de 25 kilos es una sensación especial que me agrada muchísimo.
   Pero, mira por donde, ahora se ha convertido en mi compañera una renacuaja a la que adoro. Al principio me parecía normal su tamaño; la veía como el cachorro que era y me conquistó como lo hace cualquier cachorro. Ahora que ya va a ser adulta, lo que me hace gracia es que la puedo manipular como si siguiera siendo cachorro, y por supuesto ya la quiero y su tamaño nada tiene que ver. Y es que, aunque me cuesta, reconozco que un perro de talla pequeña tiene algunas ventajas. 
   García ha conseguido convertirme.

Lo de llamarse García ha ocasionado muchas situaciones divertidas, pero sin duda la mejor ocurrió en una playa del Cabo de Gata, cuando unos niños se acercaron para jugar con ella. Yo estaba leyendo y los oía gritar y reírse; intentaban meterla en el mar y a la perrita le asustaban las olas. De pronto, una de las niñas, de 5 o 6 años, se acerca corriendo hasta donde yo estaba y me pregunta: 
-¿Cómo se llama el perrito?
A lo que yo respondo: Es una perrita..., y se llama García.
La niña se queda unos segundos pensando, con la mirada hacia arriba y a la derecha. Enseguida, vuelve a mirarme a los ojos y pregunta:
-¿Y de nombre...?


Schnauzer miniatura














Schnauzer miniatura

Schnauzer miniatura






















Schnauzer miniatura
















Cachorro de Schnauzer miniatura
Cachorro de Schnauzer
Schnauzer
Schnauzer negro y plata
Schnauzer miniatura
Schnauzer miniatura negro y plata



















Schnauzer_Miniatura
Schnauzer miniatura negro y plata






viernes, 14 de noviembre de 2014

Nacimiento


Ya podéis leer la historia correspondiente a la foto 18 en La historia que no se ve. Por supuesto, no la he escrito en las 24 horas siguientes a la recepción de la foto, ya que esta foto la conozco desde el momento en el que fue hecha por José Manuel Alfaro; luego él trabaja en el procesado de la fotografía hasta que finalmente me la envía para la publicación.

Desde que tengo el archivo de esta foto (hace meses), lo he abierto muchas veces y me he quedado mirando a esta preciosidad de bebé. La verdad es que, a diferencia de ocasiones anteriores en las que lo que me provoca la foto se convierte en el fondo de la historia que escribo, aquí he trabajado de otra manera. Y ha sido así porque la foto solo me transmite dulzura y belleza en el estado más puro; y no suelen estar estos conceptos entre mis preferencias a la hora de escribir. Así que decidí colocarme en la piel de ese bebé y hacerme consciente del trago tan duro que acaba de vivir: el nacimiento. Y es que está comprobado que el momento del parto es sumamente estresante para la criatura (también para la madre), un ser humano que aún no ha completado el crecimiento y desarrollo definitivos de su cerebro y que por supuesto no cuenta con información para comprender lo que ocurre. Solo puede soportarlo.
También se ha comprobado que es la dureza de esa experiencia por la que atraviesa el recién nacido la que le aporta una determinada facultad para enfrentarse a otros momentos duros a lo largo de su vida; así, se constata que, por lo general, los niños nacidos mediante cesárea se muestran menos fuertes ante la frustración e incluso más débiles en defensas ante situaciones críticas de su cuerpo.
En cualquier caso, lo que pasó a interesarme literariamente fue el sufrimiento y el desconcierto que padeció este bebé durante el parto, pocos días antes de realizarse el retrato. Y esto es lo que escribí.
Puedes ver la foto y leer la historia aquí: La historia que no se ve

jueves, 13 de noviembre de 2014

LHQNSV

Nueva página en La historia que no se ve


Por fin Alfaro se ha decidido a enviarme una fotografía. Sé que este año ha sido de mucho trabajo para él, por lo que vamos a perdonarle el retraso.

Esta es la foto:


























Un auténtico angelito de carne y hueso. Su nombre es Carolina; conozco a sus padres y sé cuándo y dónde nació. Estos datos condicionan la historia que he de escribir; por lo tanto, en esta ocasión, tendré que hacer un trabajo de "borrado de información" para que esta preciosa niñita inspire la historia pero no la condicione.
¿Queréis saber la verdad?: No tengo la más mínima idea de por dónde empezar.

domingo, 6 de julio de 2014

Un trabajo intenso

Concierto 30 Aniversario de la CORAL POLIFÓNICA ALGETE


He titulado esta entrada "Un trabajo intenso" porque realmente lo fue, y en más de un sentido.
Viajé el lunes 9 de junio desde Ponferrada a Madrid. Antes, había estado en contacto con la presidenta de la Coral Polifónica Algete, quien me tenía al corriente de las novedades y, por supuesto, me informó del repertorio que estaban preparando y de la intención de hacer de este concierto conmemorativo un recorrido musical por sus 30 años de historia; también conocía la duración de las canciones, los directores invitados...; que habría un piano de media cola en escena y hasta el propósito de anunciar el cambio de nombre para el coro, que pasaría a llamarse, desde ese preciso momento, CORAL OFELIA NIETO.
Con estos datos y las respuestas de Carmen Ochoa -presidenta de la agrupación musical- a todas mis preguntas, comencé a elaborar lo que yo llamo el primer borrador mental; y lo llamo así porque no es el momento de escribir el guión, ni el de hacer el plano de luces, ni siquiera el de diseñar el espacio escénico. Aunque también es todo eso, pero ocurre solo en la mente y es únicamente mi imaginación la que me permite conocer cómo se estructura y se va a ver el espectáculo.
Por tanto, llegué a Madrid sabiendo exactamente lo que quería hacer, pero lo que importa es que hay que hacerlo, y el concierto se celebraría 5 días después, el domingo 15 de junio. Y esto sí que es intenso. Afortunadamente, me encontré con una agrupación entregada e ilusionada; con un director musical más entregado e ilusionado si cabe; y con todos dispuestos a ensayar hasta la hora que fuera necesario, o hasta que sus gargantas lo resistieran. También había que preparar el espacio escénico, dirigir luces, escribir el guión (a modo de escaleta para los miembros del coro; completo y con tiempos definidos para el presentador (que también era yo), y el guión técnico para la cabina de luces). En fin, que tenía 5 días para todo, pero también muchas ganas, lo que hizo el trabajo más intenso en otro sentido.
Por si fuera poco, me encontré con un grupo de personas que compartían una vocación y también mantenían entre ellos relaciones personales sinceras de respeto y cariño. Otro ingrediente para aumentar la intensidad, en este caso emocional (mal director escénico sería si no me percatara de esos matices).
En esos 5 días, como es lógico, apenas pude descansar; me vinieron muy bien mis técnicas de relajación, que me permiten recuperar en una hora casi lo mismo que en ocho de sueño, y que tenía que poner en práctica en cada momento libre, por cortos que fueran: entre ensayos con los técnicos y ensayos con el coro; entre la pintura del escenario y la hora de comer; entre la escritura del guión y el tiempo de ducha... Y por supuesto, mantener bien claros en mi mente la creatividad, los conocimientos técnicos y de producción, los de comunicador..., y todo a sabiendas de que no había tiempo para dar un solo paso en falso; de haber ocurrido, no se hubiera podido corregir. (Intenso, ya les dije).
Pero si conseguimos que el domingo 15 de junio, a las 19,30 horas, todo estuviera como habíamos acordado y todo el mundo estuviera en su sitio (y los cantantes con la voz descansada y la capacidad de concentración a tope), no fue solo por la profesionalidad de cuantos participamos; fue más bien por el cariño y el respeto que todos tenían y mantuvieron para consigo y para con los demás. Y ese fue, sin ninguna duda, el mejor regalo que me podían entregar y lo que le dio el sentido último y hasta la forma a este espectáculo que, aun tratándose de un concierto, en poco se pareció a lo que estamos acostumbrados a presenciar.

El aforo del auditorio se completó (lo siento de verdad por las personas que se quedaron fuera), y el público se mantuvo atento y participativo en todo momento. Sus aplausos, su disposición y los comentarios que al final nos trasladaron, fueron pruebas de que se lo pasaron bien y que este concierto quedará para todos como el primer gran éxito de la Coral Ofelia Nieto.
Mi más sincera enhorabuena y mi agradecimiento por haberme dado la oportunidad de conoceros más y mejor; la de trabajar junto a vosotros, y la de compartir unos aplausos que yo nunca dudé que erais vosotros, todos vosotros, los que más se lo merecían.

Gracias también a todas aquellas personas que acudieron, además de para escuchar el concierto, para ver mi trabajo y entregarme una vez más su cariño y su cordial trato (hacía algo más de dos años que no trabajaba en Algete).























































































































































© Fotos: Salvador Sánchez Cabezudo

miércoles, 2 de julio de 2014

Lo que va del 14

Viajé a mi tierra, El Bierzo, en diciembre de 2013, dispuesto a pasar la Navidad en familia y a someterme a una intervención quirúrgica que me obligaría a usar muletas durante algún tiempo. Todo salió bien, y muy pronto las muletas se quedaban olvidadas en los bares. Lo que no sabía es que me iba a enredar con el proyecto de jardinería de la casa que mi hermana y su marido tienen en Bembibre. Ha sido un trabajo importante, que realicé entusiasmado y del que estoy satisfecho. La verdad es que el trabajo lo realizó Gelo, mi cuñado, ya que yo ni podía ni debía adoptar ciertas posturas, coger pesos, y esas cosas que siempre te recomiendan después de la implantación de una prótesis; así que yo a lo mío: diseñar y dirigir la obra.
El caso es que 2014 lo recibí convirtiéndome en parte en un robot, con trozos de cerámica y otros de aleación de diferentes metales, que ya forman parte de mi cuerpo.
Además de ese cambio, también tuve la oportunidad de experimentar la cercanía y el cuidado con el que me trató mi familia; a quien hasta ahora, y desde hace muchos años, visitaba en contadas ocasiones, cuando me lo permitía el trabajo. Esta vez fue bien diferente, y me alegra haber tenido la oportunidad de volver a reconocerlos cercanos y de estar todo este tiempo compartiendo desafíos e ilusiones. Muchas gracias; nunca hubiera podido sentirme mejor atendido.

El invierno fue lluvioso, frío y nevado, por lo que El Bierzo resaltaba potente los días claros. No me extraña nada que sea la mía una tierra de muchos y buenos pintores; los contrastes y la luz son aquí algo prodigioso; y la gente, que no deja de visitar los lugares más recónditos donde siempre hay una casa de comidas, parece que sabe gozar de estas maravillas.

Ahora, ya en Madrid, me apetece compartir esta selección de fotos a modo de resumen (sin entrar en tantas otras que cuentan el trabajo que hicimos juntos).

Si os interesa el álbum, pinchar sobre la primera foto y lo veréis mejor.




















































































































































































jueves, 1 de mayo de 2014

Decisiones necesarias

La luz al final del callejón (Molinaseca, 2014) ©Manuel López Rey

Hace años me encontré con uno de los dilemas más importantes en mi vida. Llegué a lo que nos parece cuando la vivimos una situación sin salida. Las circunstancias de entonces eran vividas por mí como si se tratara de cadenas o barrotes que configuraban la cárcel en la que irremediablemente transcurriría mi existencia. Una existencia que fue convirtiéndome en un ser triste, infeliz, ligera pero continuamente deprimido y angustiado. Entonces no contaba con la formación y los conocimientos que ahora, ni estaba, como es lógico, todo lo crecido y liberado que ahora puedo estarlo.

Mis pensamientos sobre aquella situación estaban cargados de influencias ajenas, de los restos que deja la “mala educación” y de un sentimiento de culpa que anticipaba a la toma de cualquier decisión con posibilidad liberadora. Sabía, por tanto, lo que tenía que hacer; y sabía que en eso precisamente y en ninguna otra cosa encontraría la solución. Pero adoptar las “medidas necesarias” para hacer lo que tenía que hacer conllevaba para mí un sentimiento de cierta inmoralidad y por tanto de culpa. Respecto a lo primero, a que sabía lo que tenía que hacer, he de explicar que esta seguridad no era fruto de la razón pura, ya que como he dicho no contaba con los conocimientos necesarios para hilar un razonamiento coherente que me llevara a ese mismo lugar; llegaba solo por intuición. Y aunque por aquel tiempo aún no se conocieran tanto las teorías sobre la existencia de las diferentes formas de inteligencia, era consciente de que en mi cerebro destacaba por encima de cualquier otra la inteligencia emocional, de la que deriva uno de los componentes principales de la intuición: sentirla. Y es que aunque otros componentes importantes de la intuición son el “conocimiento olvidado”, la experiencia consciente o el trabajo de reflexión realizado en el pasado, si la intuición no se “siente” como algo imperativo, de forma clara y sin resquicios, simplemente no existe o no se da. Por lo tanto, era por intuición por lo que estaba absolutamente convencido de cuál era el remedio y su eficacia.
Respecto a lo segundo, a mi percepción de que había algo inmoral en las medidas que tenía que adoptar, o con más exactitud en el objetivo que tenía que proponerme (ya que las acciones en sí mismas no suponían delito y a todas ellas tenía derecho legítimo como individuo y como persona), decir que también supe que ahí estaba el quid de la cuestión, lo que no quiere decir que supiera resolver. Precisamente en esa sospecha de acción inmoral radicaba la duda, el dilema que me paralizaba y que como dije me llevó a encontrarme en una “situación sin salida”. 

Ahora sé que todo tenía que ver con que aún no había realizado la parte del camino, o el tramo suficiente, para ser una persona en todos los sentidos y por consiguiente libre de elegir lo que quiera con tal de responsabilizarme de las consecuencias de mi elección. Y es que en este sentido el tramo recorrido nunca es suficiente, ya que el camino solo finaliza cuando lo hace la vida. En cualquier caso, si se aprovecha adecuadamente, si se vive de forma consciente, a lo primero que se llega es a la autodependencia, o lo que es lo mismo, a sentir que mi vida no depende más que de mí, lo que trae como primera consecuencia la liberación de todo tipo de dependencia, incluida la emocional. Así que ahí estábamos: todo lo independiente que el ser humano puede ser, con la clara intuición de conocer en qué consistía el problema y su solución, pero paralizado por la duda moral.

Fue entonces cuando empecé a comprender que detrás de toda neurosis o trastorno funcional de la mente está el individuo o, en el mejor de los casos, la persona. Y por este camino llegué a la claridad que acabó con la duda, al darme cuenta de que nada había de inmoral en mi actuación resolutiva. Sobra decir a estas alturas de la exposición que en la situación referida hay una relación personal y por tanto otra persona; se podría apuntar que se trató de un proyecto de vida en común que se alargó 11 años y que la otra persona padecía trastornos que llegaron a manifestarse en actitudes neuróticas en muchos aspectos de la vida y de la relación. Así se podrá comprender con claridad dónde se asentaba la duda moral a la que me refiero.

Y es que cuando una relación entre personas se desbarata a consecuencia de acciones y actitudes que tienen como trasfondo un determinado trastorno mental, sufren las dos personas. La una, el sufrimiento propio que conlleva la neurosis que padece; la otra, el sufrimiento que acarrea soportar las consecuencias de las acciones neuróticas de otro, junto al de la pena que produce la conciencia de todo el mal que ese trastorno ocasiona a ambos. Por lo tanto, en esta dinámica solo se instala el sufrimiento y en consecuencia la infelicidad y la muerte psicológica del que es más consciente. Como se verá no hace falta tanta intuición para darse cuenta de que la solución pasa por acabar con esa relación que no puede tildarse mas que de enfermiza; y si además el que decide ponerle fin no es dependiente emocional, la claridad de la resolución es brillante. ¿Dónde y por qué aparece la duda moral? Fundamentalmente por la interpretación mayoritaria en nuestra cultura de la enfermedad mental; y al hablar de nuestra cultura, es imprescindible hablar del Cristianismo, religión y pseudofilosofía que ostenta un poder soberano, o lo que es lo mismo, que ejerce una autoridad suprema en la cultura a la que pertenecemos. Y desde el cristianismo, con muchos de cuyos fundamentos estoy de acuerdo, ha venido ocurriendo algo grave y peligroso. Para explicarlo, voy a poner la atención en aquellos principios cristianos que comparto; y lo que ocurre es que esos principios que considero aceptados, válidos y beneficiosos para mí, los descubro erróneos, invalidantes y perjudiciales en los otros. La razón, una vez más, es que la mayoría de la gente no ha recibido o no se ha ocupado en adquirir un verdadero y profundo conocimiento de esos mismos principios; y no lo ha hecho, entre otras causas, porque el cristianismo es “impartido” por individuos (educadores sociales: sacerdotes, profesores, padres, familia...) poco preparados en el ámbito estrictamente filosófico y hasta teológico de la religión que proponen, divulgan y promueven. Si a esta “ignorancia” involuntaria añadimos la voluntad de manipulación y el ejercicio de poder del que suelen hacer gala (sobre todo los curas), obtenemos como resultado una situación social e individual que hace flaco favor al auténtico cristianismo. Y así nos encontramos conque conceptos como la compasión, el egoísmo, la piedad, la humildad, el bien y el mal, la virtud y el pecado, por ejemplo, están arraigados en el inconsciente colectivo de una forma errónea, que más que convertirse en los verdaderos valores que suponen, se quedan en prejuicios, trabas y lastres muy pesados y poderosos que en nada benefician el crecimiento espiritual, mas bien lo entorpecen o anquilosan, tanto, que es fácil llegar a la conclusión de que al cristianismo no le interesa el crecimiento espiritual de la persona, sino la esclavitud y la docilidad que suponen la asimilación equivocada o poco clara y profunda de esos mismos conceptos. Así nos encontramos con el “daño” que esta religión ha causado y sigue causando en la sociedad y en el individuo. Un daño que se muestra con claridad en todos los ámbitos, que se puede encontrar en el trasfondo de la legislación vigente en los países con una fuerte moral cristiana, y por tanto modificando e influyendo en lo social, como se encuentra en lo particular, llegando a suponer uno de los lastres personales que más ocupa a los terapeutas y a la psicología clínica, que se encuentran con un número alarmante de pacientes en los que el aprendizaje forzoso y equivocado al que se han visto sometidos desde la infancia acarrea neurosis de todo tipo. Por esto, es habitual y hasta comprensible que en muchas ocasiones seamos muchos los que arremetemos contra la religión católica, conocedores del mal provocado, y traslademos de plano o estrato tal conclusión acabando por otorgar la culpa y por tanto “los defectos” al Cristianismo. Pero si nos esforzamos en ampliar nuestro conocimiento, y se esforzaran en lo mismo quienes lo imparten, esto no ocurriría o no ocurriría necesariamente. De lo que estoy hablando se ve muy claro cuando achacamos al cura de turno y a la Iglesia Católica en general el vicio de la hipocresía, del que tantas manifestaciones han hecho y hemos visto y entendido como tal, cuando la hipocresía en ningún caso es un postulado cristiano.

Pues bien, yo he nacido y he sido educado (mal o pobremente educado) en una cultura cristiana, que es la imperante en la sociedad a la que pertenezco; como consecuencia, retomando el asunto, me encuentro (me encontraba en aquél momento) con la duda moral que supone (aparentemente) dar por finalizada una relación con una persona que padece una determinada neurosis. Los valores que se me han trasmitido, así como los que mantienen y trasmiten quienes me rodean, están generalmente empobrecidos, y la primera consecuencia negativa de este hecho es que llevan a la persona (me llevaron) a generar la duda moral de la que hablaba. Por una parte, porque en las relaciones sentimentales entre personas se suele equiparar separación a abandono (error); poco o nada nos enseñan sobre la verdadera libertad, sobre la capacidad y el derecho de toda persona a elegir libremente, porque en la generalidad poco sabemos (yo entonces casi nada) sobre el carácter “biográfico” del hombre, al que le es intrínseca la “obligación” de esforzarse por convertirse en el único y verdadero “autor de su biografía”. Y poco nos enseñaron, o no nos hemos ocupado en saber, sobre lo “importante” referido a los trastornos de la mente o neurosis. Y así resulta que llegamos a quedarnos en la superficie, creyendo que si decidimos separarnos, si “decidimos abandonar” a la “persona enferma” (error de formulación), estamos llevando a cabo una acción inmoral. Esta sensación es la que ocupaba mi percepción del asunto; aquí radica la duda moral de la que hablaba; la duda que me paralizaba y no me permitía actuar “con tranquilidad ética” hacia la solución del problema. ¿Cómo iba yo a abandonar a mi pareja si se trataba de una persona enferma?
Hasta que, siempre gracias al conocimiento (soy en cierto sentido fundamentalmente racionalista), llegué a comprender algunas cosas. A saber: toda enfermedad psíquica es por principio una enfermedad del soma, del cuerpo, y no de la persona ni de su espíritu (logos). Toda psicosis es una somatosis, es decir, una enfermedad del organismo psicofísico, mas no de la persona. “Nosotros solo tratamos enfermedades y no enfermos, pues cuando no tratamos enfermedades sino a hombres enfermos como tales, como seres humanos, como personas, no cabe hablar ya de enfermedad, pues entramos en otra categoría de las cosas que no se refieren al plano “sano-enfermo”, sino al de lo “verdadero-falso”. No se subrayará esto lo bastante, pues el que no “adjudica” la psicosis al plano psicofísico, sino que lo transfiere a la persona, incurre en el peligro de arrebatar la humanidad al enfermo y entra en conflicto con la ética médica. Nadie desearía ser médico por el mero organismo: solo se quiere ser médico por la persona cuyo organismo está enfermo, por la persona que no “es” enferma, sino que “tiene” una enfermedad”. La enfermedad psicofísica puede perturbar, mas no destruir, a la persona. El desarreglo del organismo significa en consecuencia nada más, pero nada menos, que un bloqueo del acceso a la persona. Y este podría ser nuestro credo psiquiátrico: la fe inquebrantable en el espíritu personal (logos), la fe ciega en la persona “invisible”, pero indestructible. Y si yo, señoras y señores, no tuviera esta fe, preferiría no ser médico”.(De la lección magistral impartida por Viktor E. Frankl en el Policlínico de Viena en 1949).

Yo no había leído por aquél entonces a este psiquiatra, padre de la Logoterapia, pero una vez más de forma intuitiva vislumbré este razonamiento o algo parecido. Me di cuenta de que detrás de la “enfermedad” está siempre la persona, y que esta es responsabilidad exclusiva del hombre, del “yo”.  En otras palabras, el espíritu personal no está totalmente condicionado por lo corporal; por lo tanto aun enfermo, se cuenta con una relativa independencia, con un margen de libertad o, en palabras de Nicolai Hartmann, “con la autonomía a pesar de la dependencia”. Ahora sé que en patología del cerebro y en psiquiatría genética se establecen las limitaciones que sufre la libertad personal por una enfermedad psicofísica, pero en estos campos especializados en condicionalidades psicofísicas se es testigo de la libertad espiritual (del logos) y se afirma que esta existe o perdura a pesar del condicionante psicofísico; dicho de otra manera, en el hombre se comprueba la existencia de una capacidad frente a los condicionantes, un poder de la persona a pesar de su aparente impotencia, que ha venido en llamarse el poder de resistencia del espíritu. En los informes clínicos de los médicos que trataron a Kant, que al final de su vida sufría de una grave afasia amnésica que le dificultaba la búsqueda del vocabulario, se relata que los médicos que le habían visitado no consiguieron que se sentara hasta que comprendieron que el paciente aguardaba a que se sentaran ellos primero; en cuanto lo hacían, Kant consiguió arrancar a su cerebro aterosclerótico estas palabras: “Aún no he perdido el sentido de la humanidad”. 

Por lo que al interrogante “¿Cómo voy yo a abandonar a mi pareja si se trata de una persona enferma?” no le encontraba yo la respuesta que me librara de la culpa, que me tranquilizara éticamente; y es que en esta pregunta aparecen dos errores graves. Uno: “separarse”, “finalizar una relación”, no es “abandonar” a alguien; y dos: la “persona” no es la que enferma, lo que enferma es su organismo. Y yo era plenamente consciente de que con lo que tenía que terminar, con lo que no quería seguir compartiendo la vida, era con aquella persona, al margen de su estado de salud mental. Por lo tanto, la decisión necesaria para alcanzar con “tranquilidad ética y moral” la solución a mi “situación sin salida” tenía que ser formulada de esta otra manera: ¿Cómo iba yo a “separarme”, a decidir finalizar para siempre la relación con una persona cuyo organismo está enfermo; cómo iba yo a decidir “dejar de ocuparme”, y por consiguiente dejar de “sufrir” las consecuencias del mal que padece el “organismo” que le corresponde o le es propio a la persona con la que he convivido 11 años? Y esta pregunta, como ocurre siempre que la pregunta está bien formulada, lleva implícita la respuesta: haciéndolo, simplemente; simplemente tomando la decisión en función de mi libertad personal para elegir; y si soy persona, si soy autodependiente, si no sufro de dependencia emocional alguna, soy libre para elegir y, por supuesto, responsable de las consecuencias de mi elección. Por lo tanto, he de tener el coraje necesario para sobrellevar esas consecuencias, para sufrir la pérdida, para pasar a “estar solo”, para aceptar el “fracaso” de un proyecto vital, para iniciar otro proyecto. Y si algo no me ha faltado nunca es el coraje necesario para vivir.

Así resolví. Y estoy satisfecho, y hasta puedo afirmar, tantos años después, que estoy conforme y hasta contento con la decisión que tomé. Claro que sufrí consecuencias; claro que no fue fácil. Pero a partir del momento mismo en el que decidí, libre y conscientemente, sin sentimiento alguno de culpa, dejé de padecer aquella lenta muerte, aquella tristeza, aquella vacuidad. Lo que siguió inmediatamente fue puro trámite, pura estrategia. Y luego, la vida. Una vida de la que estoy satisfecho, durante la que he podido, y querido, ocuparme de mí, de mi persona y de mi crecimiento espiritual. Una vida plena en relaciones personales y sentimentales; una vida sin rencor ni resentimiento alguno hacia nada ni nadie; llena de momentos emocionantes, de actividad emocionante; una vida en la que no he vuelto a sentirme solo; en la que se han podido manifestar la creatividad y el talento que me son propios; en la que no faltan proyectos posibles; en la que se realizan esos proyectos con alegría, sin esfuerzo añadido. En fin, el camino hacia la libertad plena, hacia la alegría permanente y hacia el contentamiento; hacia la gratitud constante; un camino sin lastre hacia la claridad. Una vida, mi vida, que solo a mí me pertenece, en la que soy yo y solo yo el que decide cuándo y con quien compartirla.


Y termino con una ocurrencia de Blaise Pascal: “Si he escrito este artículo tan largo es porque no he tenido tiempo de hacerlo más corto”.

viernes, 18 de abril de 2014

Hasta siempre, Gabo


Hoy, jueves 17 de abril de 2014, a la edad de 87 años, ha muerto en México DF el periodista colombiano y uno de los más grandes escritores de la literatura universal, escribe El País en su edición digital bajo el titular: Luto en la Tierra y en Macondo.

Y es que hoy ha comenzado para Gabriel García Márquez el viaje más largo y maravilloso jamás contado, por caminos de un lugar inconcebible, más allá del espacio y del tiempo y para el que estuvo preparándose acá en la Tierra durante toda su vida; un viaje en compañía de los nunca muertos del todo de su tierra más querida, donde seguirá escuchando historias imposibles que le cuenta la abuela Tranquilina Iguarán y conociendo detalles de batallas reales o imaginadas por su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. 

Porque lo que es seguro es que se quedará en Macondo durante la eternidad, donde podrá ver con sus propios ojos cerrados cómo el náufrago conoce al ahogado más bello del mundo antes de que este aparezca varado en la playa; y sabrá lo que nunca pudo imaginar de la vida no tan triste de la cándida Eréndira y de la de su abuela desalmada. En Macondo se pasará los días que allí no son tales degustando asados de cerdos engordados con rosas y comprobará al fin que se puede estar rodeado de quienes nunca te harán llorar aunque se merezcan tus lágrimas; sabrá de la verdadera angustia en el corazón de Santiago Nasar a las 5,30 de la mañana del día que lo iban a matar, y no tendrá que inventársela para contarla; nada tendrá ya que imaginar, porque donde todo es prodigio no cabe la duda, y verá en el horizonte clarísimo de su mente todo lo que el coronel Aureliano Buendía, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, había de recordar de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. 


Un día de estos que nadie conoce, sonará en Macondo el murmullo quedo de la voz de Gabo que sigue contando. (Ya suena, entre las plumas de las alas de su espalda, el compás de un cuento nuevo llegando al oeste, a la vez que el ocaso de la tarde hunde a lo lejos una enorme esfera de fuego en el agua del mar).

jueves, 17 de abril de 2014

Cosas del maltrato: supremacía de especie y ejercicio de poder



http://www.elrellano.com/videos_online/8413/caballo-y-gatito.html




Cómo puede haber a estas alturas tanta gente que aún considera que los animales no son capaces de albergar sentimientos como la ternura o la amistad; que en ellos "querer al otro" no es una elección. Cómo el hombre continúa ejerciendo una supremacía de especie o especismo que le lleva a pensar que puede hacer lo que quiera con los miembros de otras especies (mal entendidas como inferiores); incluso maltratarlos hasta la tortura. Estos hombres bestia, o esas bestias de hombres, solo se retratan a sí mismos como ignorantes, crueles, maltratadores e imbéciles; y si se permiten a sí mismos tal atrocidad es exclusivamente por un ejercicio de poder

A mí me hacen gracia los eufemismos que nos hemos inventado en torno al maltrato, llegando a denominaciones tan erróneas como violencia de género, y luego legislando desde allí. Una sociedad que de verdad quiere acabar con cualquier tipo de maltrato ha de empezar por llamar a las cosas por su nombre, y entonces comprobará que en el Derecho (casi tan antiguo como la Civilización) ya están los principios suficientes para juzgar y sentenciar debidamente. El maltrato, en cualquiera de sus manifestaciones, es siempre un ejercicio de poder, ¿o es que el maltratador que le propina palizas a su mujer se le ocurre hacer lo mismo con un hombre de 120 kilos y campeón de judo? No. Y es que se maltrata exclusivamente a quien se puede maltratar. O a quien se deja. Por eso no estoy totalmente de acuerdo con las teorías en torno a la educación en valores de igualdad enfocadas a erradicar el maltrato o la violencia hacia las mujeres. (Es así como se debería de llamar, y nunca “violencia de género”; en primer lugar, porque las personas no tienen género; este es un accidente gramatical y lo tienen las palabras, las personas tienen sexo: hombre, varón o macho y mujer o hembra, y transexual. Y en segundo lugar porque, aun nombrándolo mal, solo cabría hablar de “violencia de género” cuando se diera una sociedad en la que los hombres maltrataran a las mujeres en general; y en nuestra sociedad no ocurre que un hombre, incluso un maltratador confeso, llegue a una cafetería y le propine una paliza a la camarera porque el café está muy caliente o muy frío, mientras que ese mismo hombre sí ejerce la violencia contra “su” mujer por las mismas o parecidas razones (sinrazones, habría que decir). Por lo tanto, y como el problema no es que los hombres anden por ahí atacando a las mujeres, podemos hablar de “violencia en el entorno doméstico” (que solo atañería al maltrato que se da a la pareja con la que se convive); pero si queremos referirnos al que también se da contra “la novia” con la que no se convive, tenemos que hablar de “violencia hacia las mujeres” o “contra las mujeres”).

Retomando lo de la educación en igualdad, que está muy bien, creo que otra vez estamos ante un eufemismo que parece convenir al hombre (en una sociedad machista) para continuar criando y educando mujeres víctimas. Este maltrato no se alcanza a erradicar tratando de conseguir a través de la educación hombres menos violentos, que respeten a las mujeres como a iguales. Y no se consigue porque la violencia es un asunto estrechamente relacionado con un instinto humano; se encuentra en el código genético de la especie y en el ámbito de los instintos y por tanto en el ello, al que no todos los hombres han conseguido dominar desde el yo. Por eso, abogo en este terreno por los principios de la Escuela Psicoanalítica Francesa, donde de lo que se habla es de “educar a la mujer para que no sea víctima” y no al hombre para que no sea maltratador de la mujer. Y es que sin víctimas no hay maltratadores. Pues eso.

Y también por esto me duele aún más si cabe el maltrato animal. Y es que la mujer, como persona, tiene la obligación de no ser víctima de nada ni de nadie, y aunque reconozco circunstancias atenuantes que pueden parecer en principio exculpatorias, en el fondo la víctima de  maltrato siempre es de alguna manera dependiente emocional del maltratador. Y como ya he manifestado en otras ocasiones, considero  toda elección responsabilidad de la persona, así como el camino hacia su autodependencia.

Con los animales es diferente. Aunque en un aspecto es lo mismo: un ejercicio de poder. No se tienen noticias de nadie que se haya adentrado en la jungla y le haya propinado una tunda de palos a un tigre; porque simplemente el tigre salvaje no se dejaría. Pero cuando hablamos de animales domésticos, o bien estos viven en total dependencia de sus amos, que  son los que le procuran la satisfacción de sus necesidades; o bien viven encerrados por sus amos y sin posibilidad alguna de defenderse. Por lo tanto el animal nunca es responsable de ser víctima del descerebrado o descerebrada de turno.

Estoy tan seguro de lo que acabo de exponer, que hasta sería partidario de una legislación que aprobara penas para los casos de maltrato animal muy superiores a las que esa misma legislación establece para el maltrato entre personas. Por la misma razón por la que, cuando observo actitudes de poder en una persona sobre su mascota o sobre cualquier animal, inmediatamente me hago una idea de qué es esa persona; desde luego alguien muy alejado de mi aprobación. Pues eso.

domingo, 13 de abril de 2014

Que Dios me libre de los no diagnosticados


El título de este artículo es un eufemismo al cuadrado; como lo es la frase anterior. Dejémoslo entonces en que es un doble eufemismo. Por una parte, porque no creo en la existencia de ningún dios, y mucho menos en que entre sus misiones se encontrara la de librarme a mí de algo; y en segundo lugar, porque no siempre son los no diagnosticados los que más me asustan. Pero resulta que en esto de las patologías referidas a la mente de las personas, asunto que me apasiona, suelo encontrarme cómodo de una forma directamente proporcional al conocimiento que sobre su diagnóstico tenga cada cual. Así, por ejemplo, puedo convivir y hasta divertirme al lado de un maniaco, de un obsesivo, de un neurótico o de un fóbico; incluso llego a comprender al esquizofrénico, al autista o al deprimido. A su lado se despierta mi parte de ayudador y si conseguimos entendernos, si alcanzamos a comprender el fondo de nuestras maneras de decir, hasta me resulta entretenida e interesante la relación o la eventual conversación. Lo que me ataca, lo que me hunde, lo que acaba con mi paciencia y me anula, me desgasta y me enferma, es la actitud neurótica, obsesiva, maniática, iracunda, histérica o deprimida de los no diagnosticados, que para mí son todos los efectivamente no diagnosticados y todos los otros que, a pesar de un diagnóstico, son absolutamente ignorantes respecto a la patología que padecen. Estos me enferman a mí también. Voy perdiendo fuelle poco a poco; me entristecen despacito; y finalmente me causan un aburrimiento insoportable. Y es que no hay nada más desgastador que tratar de hacerse comprender por quien nada sabe de sí mismo. 
Estos humanos, al igual que ocurre con los que mienten, no alcanzan la categoría de personas y por tanto ni me interesan ni estoy en disposición de otorgarles beneplácito alguno; si viviera siete vidas, me lo pensaría. Pero mi vida, como la de cualquiera, es muy corta; para mí no suficiente para alcanzar todos los objetivos que como persona me he propuesto. Por lo tanto, y en busca siempre de la eficacia como máxima que valida cualquier actitud o posicionamiento, no estoy dispuesto a perder el tiempo con quien o al lado de quien nada tiene que perder porque nada pone en juego de manera consciente. Y es que desde hace mucho tiempo todo, absolutamente todo lo que ocurre en mi vida, es vivido de forma consciente; soy conscientemente actor o receptor de las acciones propias o ajenas respectivamente; como lo soy de las consecuencias de ambas. Y es que si de algo me he ocupado es de la conciencia (propiedad del humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta; conocimiento reflexivo de las cosas). Sí, resulta que es a esto a lo que he dedicado más tiempo y en vista del resultado quiero seguir dedicándoselo; por eso a veces le pido a Dios que me libre de los no diagnosticados. Aunque reconozco que los hay de dos tipos y que unos me molestan más que otros. Están los no diagnosticados propiamente, que pobrecitos ellos pueden estar libres de culpa, bien porque el diagnóstico de haberlo fuera devastador para sus mentes, bien porque mermada alguna facultad no es posible que se den cuenta de lo que hay y por tanto sean incapaces de responsabilizarse de sí mismos. A estos sí los soporto, aunque me incomoda bastante la compasión que consiguen despertar. También, y por las mismas razones, acepto con buen talante a los diagnosticados que sufren cualquiera de las dos premisas anteriores. Para ser exactos, tendría que decir que puedo comprender y soportar a estas personas durante el tiempo en el que se produce la crisis o el estado o el medio que provocan la manifestación de su discapacidad. Pero resulta que fuera de este tiempo empiezan a cargarme. Y es que estoy con Frankl, fundador de la Logoterapia, en que detrás del paciente siempre hay un ser humano y algunas veces una persona, “si no, qué sentido tendría la Psiquiatría” (El hombre en busca de sentido, Viktor Emil Frankl, 1961; considerado por la Library off Congress en Washington como uno de los diez libros de mayor influencia en Estados Unidos). Pues eso, que el padecimiento no libra de toda responsabilidad a quien lo padece. Y es aquí cuando me vuelvo intolerante con la gente que, con o sin diagnóstico, no hace el menor esfuerzo para que algo cambie y se exculpan continuamente con vacuidades del tipo “es que yo siempre he sido así”; “es que yo esto no lo soporto”; “pues claro que tengo que lavarme 17 veces seguidas las manos, o es que quieres que vaya por ahí con ellas sucias”; o cuando son ellos los que caminan por la acera a cuatro patas y de vez en cuando ladran: “¿Por qué tengo que cambiar yo?, cambia tú”. 
Y la definitiva, la que me resulta demoledora, viene cuando, llenos de razón y hasta de un cierto tipo de orgullo, te espetan: “¿Sabes lo que te digo?, que el que no quiera que no me aguante”. Pues eso, no los aguanto.

Y es que todos tenemos la responsabilidad de hacer todo lo posible por mejorar, por aprender a aprender, por facilitarnos la vida a nosotros y a quienes nos quieren o simplemente nos rodean. Todos tenemos la responsabilidad de utilizar el cerebro que genéticamente nos ha tocado para reflexionar, para reconocernos y conocernos, para instaurar acciones encaminadas al acierto, a la gestión de las emociones, a la superación de complejos o de traumas; todos tenemos la responsabilidad de avanzar, con mayor o menor esfuerzo, por el camino que nos lleva a disfrutar de la capacidad de elegir, que es el mismo que nos conduce a la auténtica libertad, aun cuando esta sea tan escasa que solo nos ofrezca dos opciones. Porque la mayoría de las veces son suficientes, de ahí que desde la Filosofía el hombre es un ser libre. Las dicotomías pacífico/violento, afable/agresivo, confiado/celoso, tolerante/rígido, sereno/iracundo, maligno/benigno, prudente/insensato, envidioso/generoso, mentiroso/veraz, sincero/hipócrita, y algunas más de este tipo nos colocan ante un grado de libertad aparentemente pequeño porque en cada caso solo podemos elegir entre dos opciones, pero resulta que la diferencia en el resultado de la elección es tan grande, que podemos comprobar cómo el grado de libertad que parece pequeño se hace inmenso. Y todos elegimos, o mejor, todos podemos elegir. Claro que hay trastornos que incapacitan a la persona hasta tal punto que esta “desaparece” y con ella su cualidad de ser libre (entrecomillo “desaparece” porque participo de las teorías de la psiquiatría que postulan que la enfermedad siempre es del cuerpo (soma) y nunca de la persona; por lo tanto esta nunca desaparece o no desaparece del todo). No hablo de esos casos; hablo de la gente de a pie. De esos que han sido capaces de obtener el permiso de conducir, de encontrar y realizar un trabajo que les permite vivir dignamente (y a veces hasta muy bien); de los que han formado una familia, sí, de los que se han casado y hasta tienen hijos; de los que han obtenido una titulación media o superior; incluso de los que ostentan cargos (no siempre bien llamados) de responsabilidad. Todos esos con los que me topo a diario y que, diagnosticados o no, hacen lo que pueden menos lo que tendrían que hacer: elegir qué persona quieren ser. 

Y es que no todos los psicópatas son asesinos en serie ni todos los celosos le abren la cabeza a martillazos a su pareja. Por eso, detrás del trastorno, detrás del conflicto y hasta de la dificultad, decimos que hay siempre un ser humano; pero esto es una perogrullada o como mínimo una obviedad. Lo que importa es el grado de libertad del que disfruta ese humano para elegir, y no alcanzará nunca la libertad suficiente sin antes o a la par de convertirse en persona. Y de esto le hago responsable, aun cuando conozca y comprenda de sus lastres más íntimos; aun cuando conozca y comprenda los condicionantes que su estado psicofísico suponen en su contra; aun cuando reconozca la dificultad en el esfuerzo que han de realizar en comparación con quien no sufre ningún trastorno.

Participo de la tesis de que todo ser humano es una novedad; también reconozco la distinción entre lo corporal, lo psíquico y lo espiritual, pero no debemos entenderlo como partes que componen al ser humano, ya que este, desde la existencia espiritual, no es un ser "aditivo", sino integral. En palabras del teólogo judío Leo Baeck podemos resumir que "nada de lo que existe adquiere la existencia en virtud de una composición". La existencia es personal, y la persona existencial en esencia supone una unidad y una totalidad, por lo que no es divisible ni sumable. Y no lo es porque su unidad no le permite la divisibilidad y su totalidad tampoco le permite la sumabilidad. Esto explica que cada ser humano sea una "absoluta novedad" y también que sea un in-dividuo absoluto y un in-sumable absoluto.

Y esto es así incluso en los casos de esquizofrenia, donde se habla de "escisión de la personalidad", lo que induce a error al entenderse como una "escisión de la persona" y por tanto una "divisibilidad", que en realidad no se produce; el error viene de la traducción literal de la palabra "esquizofrenia" por "demencia de escisión", pero los estudios realizados demuestran que la persona esquizofrénica sufre precisamente por su intento permanente por mantener su unidad.

Por esto no perdono. No puedo perdonar a quien se escuda en sus dificultades o en sus condicionantes para no ser todo lo buena persona que podría llegar a ser. Pero como no es mi misión juzgar, y por tanto tampoco lo es culpar o perdonar, digo simplemente que no los aguanto.